Llevaba apenas dos meses trabajando en oncología cuando me asignaron el cuidado de Don Manuel, un hombre de 72 años con cáncer de páncreas. Su diagnóstico era terminal. La mayoría del personal evitaba entrar a su habitación. Él casi no hablaba.
Yo no sabía qué decirle. Al principio, solo entraba para cambiarle suero, medirle los signos. Una noche, mientras le arreglaba la almohada, me dijo: “¿Tú también tienes miedo de que me muera?”. Me quedé helada.
Me senté a su lado y le respondí con sinceridad: “Sí, pero más miedo me da que esté solo en esto”. Desde entonces, cada noche me quedaba con él unos minutos más. Hablábamos de su esposa, de su juventud, de sus sueños. Me pidió que le llevara música, así que traje mi bocina y poníamos boleros.
Murió una madrugada, con una sonrisa leve en el rostro. Yo estaba ahí. Le tomé la mano hasta el final. Su hija me abrazó horas después y me dijo: “Gracias por darle dignidad hasta el último suspiro”.
A veces pienso que no curamos, pero sí acompañamos. Y eso también es medicina. Desde Don Manuel, he aprendido a no temerle al silencio ni a la despedida. Porque en ese momento, ser humano es lo que más cuenta.
No todos llegan a la medicina por casualidad. Él llegó con un destino claro desde el principio — y no paró hasta cumplirlo.
Quién es y qué hace
El Dr. Cruz es cirujano maxilofacial. Su especialidad abarca el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, lesiones, traumatismos y deformidades de la boca y el rostro. En el día a día, una parte importante de su trabajo son las cirugías de muelas del juicio — pero donde verdaderamente vive su pasión es en la cirugía estética facial.
Es un campo que combina precisión técnica con sensibilidad artística. Cada rostro es distinto, cada caso tiene su propia complejidad, y el margen de error es mínimo. Para quien ama lo que hace, eso no es una carga — es exactamente lo que lo mantiene alerta y motivado cada día.
Por qué eligió este camino
Este sí fue un sueño de toda la vida — y uno muy concreto.
El Dr. Cruz conoció la especialidad de cirugía maxilofacial desde muy temprano. No fue una carrera que descubrió por accidente ni una decisión tomada a último momento. Desde que supo que existía, supo que era lo que quería hacer. Eso lo llevó a estudiar odontología con un objetivo claro desde el primer día: llegar a ser maxilofacial.
Un camino largo, exigente, que requirió años de formación y residencia. Pero nunca dudó de la dirección.
"Siempre estuve enfocado en que yo quería lograr ser maxilofacial."
Lo que cree sobre su trabajo
Para el Dr. Cruz, lo más valioso de su profesión tiene una imagen muy precisa: un paciente que llega con dolor intenso, y que después del tratamiento se va sin él.
Ese alivio — inmediato, tangible, visible en el rostro del paciente — es lo que hace que cada cirugía valga. No hay descripción más honesta de por qué hace lo que hace.
Y sobre cómo mantenerse con energía en un trabajo tan demandante, su respuesta es simple:
"Si tú amas lo que haces, jamás te vas a cansar de hacerlo."
Los buenos hábitos ayudan — dormir bien, comer sanamente, el café que no puede faltar. Pero el combustible real es la pasión. Y eso no se agota.
El momento que no olvida
Fue durante su residencia. Uno de sus primeros casos grandes: un señor con cáncer de parótida, operado en conjunto con el equipo de oncología. El diagnóstico era grave. La familia ya casi no tenía esperanza.
La cirugía salió bien. Muy bien.
Y ese señor, que llegó desahuciado, recobró la esperanza. Retomó su vida. Y hasta la fecha sigue buscando al Dr. Cruz — no por una consulta, sino para saludarlo, agradecerle, y hacerle saber que está bien.
Ese tipo de llamada, ese mensaje que llega años después, es la confirmación de que el camino elegido valió cada sacrificio.
Hacia dónde va y qué les dice a los que empiezan
En diez años, el Dr. Cruz se imagina cumpliendo las metas que hoy persigue — y ya pensando en las siguientes. Porque para alguien que se fijó un destino desde niño y no paró hasta llegar, quedarse quieto no es una opción.
A su yo del futuro le tiene un mensaje corto y cargado de intención:
"No cambies esa mentalidad."
Y para quien quiera seguir sus pasos en esta especialidad — o en cualquier camino exigente — el consejo es claro:
Enfócate. Sé disciplinado. Rodéate de personas que te aporten. Y sobre todo, deja de mirar a los lados para compararte con otros. El único rival que importa eres tú mismo de ayer.
"La competencia es contigo mismo."
No eligió esta profesión de un libro ni de una feria de carreras. La aprendió mirando a su padre trabajar, año tras año, hasta que ese oficio se volvió suyo.
@jorgeluisQuiropráctico · Consulta privada
Quién es y qué hace
Jorge Luis es quiropráctico. Su trabajo consiste en realizar ajustes que ayudan a aliviar molestias físicas — espalda, cadera, rodillas, tobillos — devolviéndole al cuerpo el equilibrio que a veces pierde por el estrés, la postura o el tiempo.
Es un trabajo manual, preciso, que requiere tanto conocimiento técnico como sensibilidad para entender lo que cada cuerpo necesita. Y es un trabajo que Jorge Luis conoce desde adentro, desde mucho antes de ejercerlo profesionalmente.
Por qué eligió este camino
La respuesta es simple y profunda a la vez: su papá.
Desde pequeño, Jorge Luis creció viendo a su padre trabajar en quiropráctica. No fue una decisión tomada en una sala de orientación vocacional — fue algo que se fue construyendo con los años, observando, acompañando, aprendiendo sin que nadie le dijera que estaba aprendiendo.
Con el tiempo, lo que empezó como admiración se convirtió en vocación. Se dio cuenta de que no se imaginaba en ninguna otra profesión. Y que quería hacer suyo lo que su padre había construido.
"Al ver a mi papá trabajar en esto, me gustó. Y pues yo no me veía en ninguna otra profesión."
Pero Jorge Luis no se quedó ahí. Además de la quiropráctica, estudió una licenciatura en intervención educativa. Hoy, junto a su esposa, está cursando radiología — una especialidad que complementa directamente su práctica clínica. Cuando terminen, ya están pensando en qué sigue. Estudiar, para él, no es una etapa — es una forma de vida.
Lo que cree sobre su trabajo
Para Jorge Luis, la medida del buen trabajo es concreta: si lo haces bien, los pacientes te recomiendan. Y esas recomendaciones traen más pacientes. El trabajo habla por sí mismo — sin necesidad de anunciarse, sin atajos.
"Tu trabajo habla por ti mismo. Y pues gracias a esto tengo muchos pacientes."
Esa filosofía lo ha llevado a tener una agenda llena. Pero más allá del volumen de trabajo, lo que más valora es algo distinto: la posibilidad de ayudar a quienes más lo necesitan.
Los momentos que más recuerda no son los casos más complejos ni los pacientes más conocidos. Son las personas que llegaron con dolor real y sin dinero para pagar la consulta — y a quienes de todas formas atendió. Esos momentos, dice, son los más gratificantes de su carrera.
Hacia dónde va y qué les dice a los que empiezan
En diez años, Jorge Luis se imagina con consultorios más grandes, y con algo que le emociona especialmente: trabajar junto a su familia. Su esposa, que hoy estudia radiología con él. Su cuñado, que acaba de graduarse como médico. Su cuñada, que pronto será dentista. Un equipo familiar que poco a poco se está formando para, quizás, construir juntos una clínica.
Es una visión que combina lo profesional con lo personal de una manera que tiene mucho sentido viniendo de alguien cuya vocación nació precisamente de mirar a su padre trabajar.
Para quien quiera seguir sus pasos, el mensaje es directo:
Disciplina, constancia y estudio. Si de verdad te gusta algo, lo vas a hacer. Pero las cosas grandes no llegan solas — hay que tener metas claras y trabajar por ellas todos los días.
"Las grandes cosas no se logran echándole ganas a nada. Hay que tener metas en la vida, y eso te va a ayudar a disfrutar plenamente tu trabajo."
Trabajar en oncología pediátrica es de las cosas más duras que existen. Y también, de las más hermosas. Silvia lo sabe mejor que nadie.
@silvia_super_starEnfermera pediátrica · Hospital pediátrico · Oncología
Quién es y qué hace
Silvia es licenciada en enfermería y trabaja en un hospital pediátrico. Su trabajo, en sus propias palabras, consiste en cuidar a todos los pequeños que necesitan atención médica para mejorar su salud y salir pronto a casa.
Dicho así suena sencillo. Pero quien conoce la enfermería pediátrica sabe que detrás de esa frase hay noches largas, casos difíciles, y una fortaleza emocional que no se aprende en ningún libro.
Por qué eligió este camino
De niña, Silvia quería ser veterinaria o dentista. Siempre supo que quería estar en el área de la salud — pero la enfermería no era lo que tenía en mente al principio.
Fue cuando entró a la carrera y vivió su primer año desde adentro que algo cambió. Lo que encontró ahí no lo había encontrado en ningún otro lugar. Y desde ese momento, dice, ya no pudo dejarla.
"Cuando conocí enfermería y pasé mi primer año dentro de esa carrera, no pude dejarla."
Lo que cree sobre su trabajo
Para Silvia, lo más valioso de su trabajo tiene una imagen muy concreta: un paciente que entra por urgencias o por terapia intensiva, y que día a día, semana a semana, va mejorando de a poco — hasta que llega el momento en que sale del hospital completamente sano, habiendo ganado la batalla contra una enfermedad seria.
Acompañar ese proceso desde el principio hasta el final, estar ahí en cada pequeño avance, es lo que le da sentido a cada turno.
Y hay algo más que valora de esta profesión, algo que no todos ven así: la satisfacción de estar donde nadie más quiere estar. De saber que su presencia importa precisamente porque ese lugar es difícil.
"Te llena de muchas satisfacciones cuando sabes que estás en el lugar donde nadie más quiere estar."
El momento que no olvida
Fue en oncología. Un área que, visualmente, es difícil. Los niños lo saben. Sus familias lo saben. Y los que trabajan ahí también.
Pero Silvia quería que sus pacientes sintieran otra cosa. Una noche, los niños empezaron a imaginar escenarios — como hacen los niños, con esa capacidad de transformar cualquier lugar en lo que la mente quiera. Esa noche querían casas de campaña.
Silvia tomó sábanas y les construyó sus casitas. Cuna a cuna, improvisó un pequeño mundo diferente dentro de aquellas paredes. Y los niños, por su cuenta, encontraron la manera de comunicarse entre ellos: vasos de papel y tiras de hilo, como teléfonos caseros tendidos entre una cama y otra.
Esa noche se la pasaron riéndose.
"Todas las noches se la pasaron riéndose, felices, y para mí eso fue muy, muy bonito."
En oncología pediátrica, una noche así no se olvida.
Cómo se mantiene en pie
Con honestidad y sin fórmulas complicadas: dos litros de café son obligatorios, más algunos dulces para mantener la energía en los turnos nocturnos. No hay ritual más glamoroso que ese — y funciona.
Pero más allá de la cafeína, lo que de verdad la sostiene es saber para qué está ahí. Eso, en los momentos más difíciles, vale más que cualquier descanso.
Hacia dónde va y qué les dice a los que empiezan
En diez años, Silvia se imagina exactamente en el mismo lugar: en un hospital, cuidando a sus niños, dándoles la mejor atención posible. Quizás con una especialidad que le permita profundizar aún más en la calidad de cuidado que pueden recibir sus pacientes. Pero siempre cerca de ellos.
Lo que le diría a su yo del futuro es sencillo y profundo a la vez: gracias por no haberse apagado. Por haber mantenido esa chispa que, con los años y el desgaste, a veces se va extinguiendo en quienes ejercen esta profesión.
Y para quien quiera seguir sus pasos, el consejo es claro:
Hazlo. Es una carrera hermosa, llena de actividad, de propósito, de momentos que no se olvidan. Nunca vas a aburrirte. Pero prepárate también por dentro — porque lo que se vive aquí adentro es a veces duro, y para eso también hay que estar listo.
"Hay que fortalecerse mentalmente. Lo que se llega a vivir acá dentro es a veces un tanto duro, pero sí se puede."