Llevaba apenas dos meses trabajando en oncología cuando me asignaron el cuidado de Don Manuel, un hombre de 72 años con cáncer de páncreas. Su diagnóstico era terminal. La mayoría del personal evitaba entrar a su habitación. Él casi no hablaba.
Yo no sabía qué decirle. Al principio, solo entraba para cambiarle suero, medirle los signos. Una noche, mientras le arreglaba la almohada, me dijo: “¿Tú también tienes miedo de que me muera?”. Me quedé helada.
Me senté a su lado y le respondí con sinceridad: “Sí, pero más miedo me da que esté solo en esto”. Desde entonces, cada noche me quedaba con él unos minutos más. Hablábamos de su esposa, de su juventud, de sus sueños. Me pidió que le llevara música, así que traje mi bocina y poníamos boleros.
Murió una madrugada, con una sonrisa leve en el rostro. Yo estaba ahí. Le tomé la mano hasta el final. Su hija me abrazó horas después y me dijo: “Gracias por darle dignidad hasta el último suspiro”.
A veces pienso que no curamos, pero sí acompañamos. Y eso también es medicina. Desde Don Manuel, he aprendido a no temerle al silencio ni a la despedida. Porque en ese momento, ser humano es lo que más cuenta.
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