Historias

Calidez en las manos: Sanación y conexión
    Calidez en las manos: Sanación y conexión
    En el corazón de Culiacán, Sinaloa, descubrimos una historia donde la estética, la salud y la empatía se entrelazan de forma única. Tuvimos el placer de conversar con Jesús Gagiola, un joven de 27 años cuya presencia en el mundo del bienestar y las redes sociales está rompiendo esquemas. Como Masoterapeuta y Creador de Contenido, Jesús representa a esa nueva generación de profesionales de la salud que entienden que el cuidado va mucho más allá de la técnica: se trata de la conexión humana. I. ¿Quién es Jesús Gagiola? La Dualidad entre la Estética y el Bienestar Jesús no es solo un rostro amigable en las redes sociales; es un profesional en constante evolución. Actualmente, combina sus estudios en Cosmetología y Cosmiatría Médica con su práctica profesional en la masoterapia. Desde masajes relajantes y piedras calientes hasta técnicas profundas, su trabajo se define por la precisión y el alivio. Pero hay algo más. Jesús es también un creador de contenido que utiliza el humor y su amor por el fashion para conectar con miles de personas. Para él, verse bien y sentirse bien son dos caras de la misma moneda, una filosofía que refleja perfectamente al portar nuestros uniformes con un estilo impecable. II. El Camino hacia la Vocación: Superando el "No" Interno El camino de Jesús no fue lineal. Durante seis años, el miedo y la duda intentaron frenar su sueño. "Mi cabeza me decía: 'No puedes, esto no es para ti'", nos compartió durante la entrevista. A pesar de que el entorno y hasta el "universo" le enviaban señales sobre su talento para la belleza y el cuidado personal, el temor al fracaso —tras una experiencia previa en otra carrera— lo mantenía estático. Finalmente, Jesús decidió escuchar a quienes veían su potencial y, sobre todo, a su propia intuición. Hoy, entiende que esos años de espera fueron parte de su proceso para valorar la oportunidad de dedicarse a lo que realmente ama: el cuidado integral de las personas. III. Más que un Masaje: Una Filosofía de Ayuda Real Para Jesús, su trabajo tiene un significado trascendental que resume en una palabra: AYUDAR. "Actúas como psicólogo, como amigo, como esa persona que escucha. Los ayudas física y mentalmente". Él no ve a sus pacientes como simples clientes; los ve como individuos que buscan un refugio. Su visión es ambiciosa: quiere ser un "profesional total", alguien que domine desde la estética formal hasta la terapia holística. Esa capacidad de ser polifacético —o como él dice, "ser como una Barbie que puede ser todo"— es lo que lo hace destacar en el sector salud de México. IV. El Poder de un "Gracias": Los Momentos que Sanan al Terapeuta Durante nuestra charla, Jesús se emocionó al recordar los momentos más conmovedores de su carrera. No se trata de grandes reconocimientos, sino de la gratitud silenciosa y sincera. Escuchar un "Gracias por tus manos" o un "Me ayudaste mucho cuando estaba mal" es lo que le da sentido a sus jornadas. Para Jesús, la conexión "apapachable" (ese término tan nuestro que implica abrazar con el alma) es el motor que lo impulsa a seguir creciendo. Es un recordatorio de que, mientras él sana cuerpos, las palabras de sus pacientes sanan su espíritu. V. Mirando al Futuro: Un Mensaje de Persistencia Al preguntarle qué le diría a su "yo del pasado", Jesús es contundente: "Hazlo, no te detengas". Su arrepentimiento por haber esperado seis años se ha convertido en una lección de vida que ahora comparte con todos los jóvenes que temen emprender su camino en el área de la salud. En 10 años, Jesús se visualiza no solo como un masoterapeuta y cosmetólogo exitoso, sino como un referente que motiva a otros. Su mensaje para los futuros profesionales es claro: el camino tendrá altas y bajas, como una montaña rusa, pero cada "gracias" acumulado construye una mansión de éxito personal. Nota del Editor: En nuestra marca, nos sentimos profundamente inspirados por profesionales como Jesús Gagiola, quienes portan nuestros uniformes no solo como una prenda de trabajo, sino como un símbolo de su compromiso con la excelencia y el bienestar humano. Porque cuidar a los demás es un arte, y Jesús lo domina con el corazón.
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    En el quirófano, una mano apretada que lo dice todo
      En el quirófano, una mano apretada que lo dice todo
      @chief.doctor · Santiago NavaMédico general · Consulta privada y a domicilio Quién es y qué hace Santiago Nava es médico general. Atiende en consultorio, pero también sale a donde el paciente no puede llegar — a domicilios donde hay adultos mayores que no tienen cómo moverse, personas en postración, familias que simplemente necesitan que alguien llegue a ellos. Además de la consulta, comparte contenido médico en redes sociales: curiosidades, tips útiles para el día a día, cosas que no siempre llegan a la consulta pero que todo mundo debería saber. No para enseñar como una institución — sino para acercar la medicina a la gente de manera sencilla y práctica. Y hay algo más: está a punto de comenzar una maestría. Los detalles, dice, todavía no los puede revelar. Solo da una pista: tiene un año para ponerse en forma atlética antes de poder predicar con el ejemplo. Por qué eligió este camino La respuesta honesta es que la medicina no fue su primera opción. Santiago quería estudiar artes — la danza, la música, el canto son pasiones que lleva muy dentro. Su padre, que en paz descanse, había estudiado en la Universidad de Bellas Artes en Cuernavaca, y él quería seguir ese mismo camino. No se lo permitieron. Fue su madre quien lo orientó hacia la medicina. Al principio, reconoce con humor, lo que vio fue la promesa de estabilidad económica. Pero eso cambió rápido. Durante la carrera estuvo un tiempo considerable en la atención prehospitalaria de la Cruz Roja — y eso lo cambió todo. Estar frente a pacientes reales antes de tiempo, en situaciones de verdadera urgencia, le despertó algo que no esperaba: un amor genuino por este trabajo. "Hoy por hoy no me arrepiento en lo absoluto. Tal vez no fue mi primera elección, pero fue una de las mejores decisiones que pude haber tomado en mi vida." Lo que cree sobre la medicina Para Santiago, la satisfacción más grande de ser médico no está en el diagnóstico ni en el procedimiento. Está en el momento en que un paciente que llegó limitado, afectado en su vida familiar, social o laboral, recibe el alta y retoma su vida. Pero hay algo que subraya con claridad: eso no lo logra el médico solo. La recuperación es un trabajo conjunto. El médico pone las herramientas, el conocimiento, el acompañamiento. Pero si el paciente no se disciplina, no se apega al tratamiento, no cambia los hábitos que lo trajeron hasta ahí — el resultado no llega. La medicina, para él, es una alianza. "Ambos pudimos generar esa mejoría. Yo dándole las herramientas necesarias, y él apegándose al tratamiento. Así lo logramos juntos." El momento que no olvida Llegó en silla de ruedas, con su pie dentro de bolsas negras. Lo primero que dijo fue: "Doctor, vengo a que me corten la pierna." Era un paciente diabético con pie diabético avanzado. Se dedicaba a cuidar caballos y había intentado tratarse solo, con métodos tradicionales, convencido de que si podía curar las heridas de sus animales, podría curar las suyas. Para cuando llegó, la necrosis había subido hasta la mitad de la espinilla. No había otra opción. En el quirófano, por un descuido, la cortina cayó. El paciente vio su pierna siendo retirada. Le apretó el brazo con fuerza. Lo miró a los ojos con lágrimas. Santiago no lo olvidó. Después de ese momento estuvo más pendiente que nunca de su evolución — por responsabilidad, dice, aunque no descarta que también fuera algo de culpa moral. El paciente salió adelante, recibió el alta, y se fue agradeciéndole profundamente cómo había sido tratado. Ese apretón silencioso en el quirófano le enseñó algo que ningún libro de medicina puede explicar del todo: el peso real de lo que significa estar ahí para alguien en el peor momento de su vida. Hacia dónde va y qué les dice a los que empiezan En diez años, Santiago se ve liderando un equipo médico — pero con un enfoque diferente al que predomina hoy en México. Aquí, dice, se practica principalmente medicina curativa. Lo que él quiere construir es medicina preventiva: anticiparse a las enfermedades, evitar las complicaciones, acompañar a los pacientes antes de que lleguen al límite. Para quien quiera seguir sus pasos, no endulza la realidad: la medicina exige sacrificios. Familiares, sociales, económicos, emocionales. Pero también tiene una certeza absoluta. "Al final del camino, ver que tus pacientes evolucionen y mejoren paga todos esos sacrificios. El éxito no está peleado con la felicidad." Y a su yo del futuro le tiene un mensaje corto, directo, cargado de confianza: "No dudes en lo que estás haciendo. No pierdas el objetivo. Yo confío en ti." Medicina general Salud preventiva Vocación IMSS Historias reales
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      Al otro lado de la pantalla, alguien dibujó algo especial
        Al otro lado de la pantalla, alguien dibujó algo especial
        @ar.figueroaCreador de contenido · Producción creativa Quién es y qué hace Ar es creador de contenido. Lleva cinco años en esto, y si tuvieras que describirle en una línea, podrías decir que se dedica a cualquier cosa que implique crear, imaginar o darle forma a una idea. Videos, imágenes, proyectos creativos — si hay un proceso creativo de por medio, él puede estar dentro. No es una profesión fácil de explicar. No existe una carrera universitaria que te forme para esto. Pero Ar encontró la manera de que ser creativo le diera para vivir, y eso, dice, es suficiente. Por qué eligió este camino No fue una decisión consciente. Ar no se levantó un día y dijo: "Seré creativo." Simplemente siempre le encantó crear cosas — hasta que la gente a su alrededor empezó a decirle que eso podía ser un negocio. Y él les creyó. Lo que sí tenía claro desde el principio era lo que no quería: no quería un trabajo aburrido, no quería estar diez años frente a un escritorio. Quería algo que lo moviera, que fuera distinto cada día. Cuando descubrió que la creatividad podía darle eso — y además pagarle las cuentas — ya no hubo más preguntas. "Cuando me di cuenta que podía ser creativo y a la vez no morirme de hambre, estuvo bastante bien." Lo que cree sobre la creatividad Para Ar, crear no es solo hacer algo bonito. Es una forma de comunicación — quizás la más honesta. Una manera de transmitir cosas que las palabras solas no alcanzan a decir. Una canción, una película, un video pueden unir a personas que de otra manera nunca se habrían encontrado. Pueden hacer que alguien se sienta menos solo, que descubra algo nuevo, que vea el mundo desde otro ángulo. Eso, para él, es el verdadero valor de la creatividad: su capacidad de conectar. Y esa misma convicción es lo que lo mantiene con energía. No tiene rituales especiales ni secretos para rendir más. Lo que lo activa es conocer gente y descubrir cómo piensan — especialmente aquellos que piensan diferente a él. Cada perspectiva nueva que encuentra abre su mente un poco más. Y una mente más abierta, dice, es una mente más creativa. "Entre más se abre tu cerebro, pues más creativo eres. Es como un ciclo vicioso: quieres conocer más, eso te emociona, y entonces quieres seguir conociendo más." El momento que no olvida Era pandemia. Ar subía videos a internet — fragmentos de su vida, ideas sueltas, cosas del día a día. En algún momento empezaron a llegarle mensajes con fotos. Personas que lo habían visto en pantalla y habían decidido dibujarlo. Un cachito de vida compartido, y alguien al otro lado sintió algo tan fuerte que tomó un lápiz. No lloró, aclara con humor. Pero ese recuerdo lo guarda con cariño, porque fue la primera vez que entendió de manera muy concreta para qué sirve lo que hace. No para impresionar, no para acumular vistas — sino para tocar a alguien. Para que una persona, en algún lugar, sienta algo. Hacia dónde va y qué les dice a los que empiezan Pregúntale dónde se ve en diez años y te responderá que ni sabe qué va a cenar. Pero entre risas, la respuesta es clara: haciendo lo mismo, con más orden y más intención. Hoy todavía anda explorando, creando por donde puede. El siguiente paso es darle más estructura a todo eso. Y para quien quiera seguir un camino parecido, tiene un consejo muy claro: no te limites a copiar lo que ya funcionó. Está bien inspirarse, está bien aprender de lo que existe — pero lo que de verdad deja huella viene de adentro. De ese lugar donde guardas las cosas que más te importan. Atrévete, aunque no haya nada afuera que te garantice el resultado. No tienes nada que perder. "Si tienes algo que de verdad tengas muchas ganas de crear, pues solo hazlo."
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        En sus últimas palabras, el peso de una vida
          En sus últimas palabras, el peso de una vida
          Historias · Enfermería Andrea encontró su vocación casi por accidente. Hoy, cuida a los más pequeños con la misma empatía que le enseñó un paciente que ya no está. Andrea Manzanares · @andreamanzzEnfermera · IMSS · Salud escolar infantil El comienzo Nadie llega a la enfermería exactamente como planeó. Andrea tampoco. En el bachillerato, entre la presión familiar y las dudas propias de la edad, tomó una decisión casi por descarte: quería algo relacionado con la salud, pero no los años interminables de medicina. Eligió enfermería casi sin pensarlo demasiado. Lo que no sabía es que esa elección la llevaría exactamente donde tenía que estar. El trabajo de hoy Actualmente Andrea forma parte de un equipo contratado por el IMSS para atender salud escolar infantil: visitan colegios, miden agudeza visual, revisan la salud bucal y ofrecen ese primer nivel de atención que muchos niños no recibirían de otra manera. Un trabajo discreto, silencioso, pero que deja huella. La historia que no olvida Hubo un paciente que estuvo hospitalizado durante semanas. Andrea fue su enfermera, hasta que el servicio la trasladó y él continuó su deterioro en otra sala. Semanas después, cuando ya ni esperaba saber de él, apareció su familia. El paciente había dejado un mensaje en sus últimas palabras: quería agradecerle. Quería que supieran que ella había hecho la diferencia. "Siempre he dicho que un paciente te recuerde es muy gratificante. Que puedas impactar tanto en la vida de alguien... creo que eso lo es todo para mí." Ese choque de emociones —gratitud, pérdida, propósito— es lo que Andrea describe como el momento más significativo de su carrera. Y también la razón por la que cada mañana pregunta a sus pacientes: ¿cómo te sientes hoy? Lo que la mantiene en pie Sin café, sin fórmulas complicadas. Andrea tiene dos rituales: comer a sus horas y dormir sus ocho horas cuando puede. Simple, humano, honesto. Porque para cuidar bien a los demás, primero hay que cuidarse a una misma. El futuro que imagina En diez años se ve dentro del IMSS como enfermera de planta, con una especialidad quirúrgica. El quirófano la atrae: la precisión, la concentración, ese espacio donde cada segundo importa. También se imagina con una familia, un perro, y la satisfacción de poder decirle a sus hijos: "lo logramos." Su consejo para quien empieza No te rindas, aunque el camino sea diferente al de los demás. No siempre se avanza al mismo ritmo, y eso está bien. Si persistes en lo que realmente quieres, llega. Las cosas pasan cuando tienen que pasar — y a veces lo que parece un obstáculo es exactamente la lección que necesitabas. Enfermería IMSS Salud infantil Vocación Historias reales
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            Del laboratorio al aula –Dr. Emilio Durán
            El Dr. Emilio Durán podría haber continuado su carrera en Europa, donde durante años se especializó en la investigación de carcinomas raros, aportando con su conocimiento a avances importantes en oncología. Sin embargo, cuando su padre falleció a causa de un diagnóstico tardío de cáncer de estómago, tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida y, en cierto sentido, el destino de muchos jóvenes médicos en México. “En México no faltaban médicos, faltaba formación clínica con criterio, faltaba una mirada crítica que fuera más allá de los síntomas, que entendiera el contexto completo del paciente.” reflexiona Emilio. De regreso en Monterrey, se convirtió en profesor y jefe del laboratorio de patología en una reconocida universidad. No se limitó a enseñar a sus estudiantes a identificar células anormales bajo el microscopio, sino que les inculcó la importancia de “leer” la historia que cada célula alterada narra. Conserva celosamente muestras de casos emblemáticos: un osteosarcoma que durante años fue mal diagnosticado como una simple infección ósea, o aquella leucemia infantil confundida con anemia, que costó la vida a un niño por falta de un diagnóstico acertado a tiempo. “Cada error que aquí se entienda, es una muerte menos afuera,” repite con convicción. Para Emilio, el aprendizaje no debe ser teórico ni aislado; dedica horas extra simulando casos clínicos donde introduce elementos humanos y sociales que a menudo pasan desapercibidos: la ficha social, los hábitos, las creencias culturales, y las barreras de comunicación que influyen en el diagnóstico y tratamiento. Pero su enseñanza más importante no es dar respuestas fáciles, sino sembrar la inquietud y el cuestionamiento. Exige a sus alumnos que no se conformen con una conclusión rápida, sino que formulen preguntas profundas y empáticas que los acerquen más a la realidad del paciente. Para el Dr. Durán, formar médicos va más allá de transmitir conocimientos científicos. Es un compromiso con la responsabilidad ética y humana. Cree firmemente que la ciencia que no transforma a quien la practica no podrá salvar verdaderamente a quien la necesita. En ese sentido, su labor es una invitación constante a la reflexión, a cuestionar las propias certezas y a entender que cada diagnóstico es, en esencia, la vida de una persona en juego.
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              Medicina entre brechas y barrancos – Dra. Mónica Esquivel
              Cuando recibí mi carta de asignación para servicio social, me quedé viendo el nombre del pueblo durante varios segundos. Nunca lo había escuchado. Lo busqué en Google, pero no aparecía ni en el mapa. Al llegar, entendí por qué. El camino era una brecha de tierra con curvas infinitas. La clínica tenía un escritorio viejo, un par de sillas de plástico y una caja de medicamentos caducos. El baño era un agujero en el suelo. Dormía en un catre detrás del consultorio. Llovía dentro. Se iba la luz. No había señal. Los primeros días nadie venía. Luego llegó una mujer con dos niños enfermos de sarna. Me senté en el piso para tratarlos. Le pedí ayuda a ella para preparar jabones con ceniza y sal. Al día siguiente, trajo a su hermana. La semana siguiente, a toda la comunidad. Aprendí a revisar embarazos con tacto abdominal, a improvisar tratamientos cuando no había más que aspirina, a escribir recetas a mano en servilletas. Un día, una anciana me dijo mientras le curaba una herida infectada:“Aquí no necesitamos doctores sabiondos, necesitamos doctores que se queden.” Al final del año, me costó irme. Había aprendido más medicina que en cualquier hospital. Pero sobre todo, entendí que ejercer no es aplicar protocolos:es adaptarse, observar, hablar con calma, sanar también con la presencia.
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                La memoria de Isabel – Dr. Humberto García
                Cuando conocí a Isabel, me encontraba en una de esas etapas en que uno se cuestiona si vale la pena seguir investigando. Llevaba más de 10 años estudiando patrones de demencia hereditaria en familias mexicanas, recopilando historias médicas que muchos tachaban de “anécdotas sin futuro”. Isabel tenía 42 años. Su madre había muerto a los 50, su abuela a los 54, su hermana mayor ya empezaba a perderse en las frases y los días. La traje a consulta después de analizar un árbol genealógico que dibujé en una hoja de papel reciclado. Ella llegó sola. Pidió un café antes de hablar. Durante la entrevista, me sorprendió su claridad. Sabía lo que probablemente le esperaba, pero no vino buscando consuelo.“Doctor, no quiero evitarlo. Quiero entenderlo. No por mí, sino por mi hija.” Accedió a pruebas genéticas, estudios cognitivos, incluso a sesiones de seguimiento trimestral. Nunca faltó. Un día llegó con una libreta donde había anotado todo lo que quería que su hija supiera si ella empezaba a olvidar. Yo, que había leído cientos de artículos sobre biomarcadores, me vi copiando sus frases con más atención que cualquier estudio. Me pidió que guardara su cuaderno si un día ya no pudiera escribir. Isabel aún no presenta síntomas clínicos. Pero su caso nos permitió identificar una mutación genética que, con el tiempo, se ha convertido en base para un estudio nacional. He atendido decenas de casos desde entonces. Pero a todos los veo con la voz de Isabel en la memoria. Desde ella, entendí que muchas veces el mayor acto de amor no es buscar salvarse uno, sino dar luz para que otros no tropiecen en la oscuridad. Y eso, lo entendemos todos, médicos o no.
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                  El expediente vacío – Trabajadora social médica Laura Castañeda
                  Me llamo Laura y soy trabajadora social en un hospital psiquiátrico del centro de México. Mi trabajo no se trata de bisturíes ni recetas, sino de registros, historias familiares y decisiones dolorosas. Miguel tenía 46 años, esquizofrenia diagnosticada desde los 19. Vivía en la calle. Llegó desnutrido, con heridas infectadas y episodios severos de delirio. Nadie lo reclamó. Lo ingresamos con medida judicial. Pasé semanas buscando a algún familiar. Llamadas, cartas, registros civiles. Nadie lo buscaba. Le hablé cada día con calma. A veces me respondía con frases sin sentido, otras veces con una lucidez que dolía:“¿Cuánto cuesta olvidarse de alguien, señorita? Porque a mí me salieron muy baratos.” Logramos estabilizarlo con medicación, y empezó a pintar. Hacía figuras geométricas, ventanas, puertas, llaves. “Estoy diseñando mi salida”, me decía. Un día no despertó. Paro cardíaco mientras dormía. Solo. Tuve que cerrar su expediente sin contacto familiar. Era un folder delgado. Me dolió. Lo único que tenía era un dibujo: una puerta roja abierta. Lo escaneé. Lo guardé. No sé si fue mi deber o mi necesidad. Comprendí que a veces la historia clínica no cuenta lo esencial: que alguien fue, existió, y merecía ser visto. Mi labor no termina en documentos o medicinas; es también reconocer la dignidad humana, aun cuando el mundo parece olvidarla.
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                    El niño de la mochila roja– Residente de Pediatría Álvaro Reza
                    Mi nombre es Álvaro Reza. Soy residente de tercer año en pediatría. Matías fue uno de los pacientes que más me marcó. Tenía 9 años y leucemia linfoblástica aguda. Siempre traía una mochila roja con crayones y dibujos que él mismo hacía mientras esperaba el tratamiento.El primer día que lo conocí, me dijo:“Si me vas a picar, al menos cuéntame un chiste.”Me esforzaba en aprender un chiste nuevo cada día. Mientras revisaba sus niveles, él dibujaba médicos con capa y dinosaurios en el hospital. Le gustaba pintar su quimioterapia como una ‘poción mágica’.Con el tiempo, su cuerpo se debilitó. Perdió peso, apetito y energía. Aun así, no dejó de dibujar. Me pidió un día que le contara cómo funciona el corazón. Dibujó uno enorme con cables que lo conectaban al mío. Me lo regaló.“Si un día dejo de estar, quiero que este siga latiendo por mí”, dijo.El 6 de junio, Matías falleció. Estuve presente en ese momento. Su madre me abrazó y me entregó su última hoja de dibujo: él mismo, en una nave espacial, con una bata blanca.Aún lo guardo. Cada vez que me siento frustrado, lo miro. Me recuerda que aunque a veces no podemos salvar, siempre podemos acompañar, y eso también cura.
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