Era el día 13 de una jornada doble. Había dormido solo cuatro horas en dos días. Mi bata tenía manchas de café y mis ojeras podían contarse como diagnóstico. Estaba agotada. Me preguntaba si valía la pena tanto esfuerzo.Y entonces llegó Mateo. 6 años. Leucemia. Ojos grandes y brillantes, sin cejas. Entró en mi consultorio con una sonrisa y una mochila de dinosaurios. Me preguntó: “¿Hoy me vas a curar, doctora, o solo me vas a picar?”Reí. Le respondí: “Hoy vamos a hacer las dos cosas”. Durante semanas lo atendí, y cada día me traía un dibujo. Un dinosaurio, un astronauta, un súper médico. Me decía: “Yo quiero ser como tú, pero sin inyecciones”.Un día llegó más serio. Le pregunté por qué. Me dijo: “Sé que me puedo morir, pero si muero, quiero que te acuerdes de mí como el que te hacía reír”. Me contuve para no llorar.Mateo falleció dos meses después. Tengo todos sus dibujos guardados. Cuando dudo de esta profesión, los saco, los miro, y me repito: sí vale la pena.Porque a veces, no somos nosotros quienes sanamos. Son ellos quienes, sin saberlo, nos curan a nosotros.
Más información